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Malas Tierras

“Somos huérfanos de nuestra tierra, despojados de un pasado al que asomarnos.

 

Las aguas de un progreso concertado ahogan los recuerdos de un pueblo, mientras ocultan el polvo de un terreno muerto y estéril.

 

Cada sequía nos devuelve un cadáver.

 

Estas malas tierras son todo lo que queda.”

Pocos paisajes son tan desoladores como los que deja al descubierto la bajada de las aguas en muchos de los pantanos españoles.

El embalse de Almendra del río Tormes, uno de los más grandes de España, situado entre las provincias de Zamora y Salamanca, se convierte con cada sequía en un inmenso desierto de arena, rocas y árboles secos.

Recorro sus áridas tierras para encontrar los restos de aquellos pueblos que quedaron anegados bajo el agua, sus construcciones, sus calles, sus cementerios. Camino durante horas con mi cámara al hombro, en busca de la posición correcta del sol que realce las texturas de las piedras, desnudas de musgo y líquenes, y de los troncos de las encinas muertas, estas encinas que se me antojan esculturas macabras, pero terriblemente bellas.

Hay una atracción magnética para mí en esta tierra muerta que un día tanta vida albergó.

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